El arte de acompañar. La potencia del trabajo sutil e íntimo del uno a uno.

27 de junio de 2022

Un artículo de Núria Mateu Almacellas. Psicóloga, formadora y facilitadora, socia de la cooperativa Fil a l’agulla.​

Hace tiempo que en Fil a l’agulla buscamos el tiempo y las formas de reflexionar sobre nuestra práctica y compartir herramientas con otras personas, colectivos y organizaciones. Hemos elaborado diferentes materiales y sistematizado nuestro conocimiento y experiencia en diversos ámbitos (organizaciones, comunidades, mundo educativo, etc.). Del mismo modo, creemos que también es importante hacerlo en la atención individual, que a menudo es menos visible porque se da en la intimidad. Pero no por ello es menos importante. Por eso, en las próximas líneas encontraréis algunas ideas en las que hemos estado reflexionando en los últimos tiempos y que consideramos fundamentales a la hora de ofrecer atención individual.

El contexto

En los últimos tiempos, han surgido algunos debates sobre feminismo y psicología que nos han interpelado y nos han llevado a responder a las preguntas y críticas planteadas en algunos artículos (1,2). Ahora bien, los debates sobre si la psicoterapia puede ser feminista o no, sobre si se ha generado una cultura terapéutica que despolitiza e individualiza los malestares, y otras cuestiones relacionadas, no son nuevos. En este marco de debate, recuperamos también las reflexiones que ya en los años 70 hacía Dorothy Tennov. (3)

Si queremos tener una práctica feminista, no podemos ser ajenas a los debates sobre la cultura terapéutica. Es fundamental reflexionar sobre el sentido de este tipo de acompañamiento desde una perspectiva política y feminista, así como estar abiertas a revisarnos y enfocar de la mejor manera el trabajo que realizamos. 

En este sentido, también es importante revisitar la genealogía de las prácticas terapéuticas y las reflexiones académicas que han enfatizado la necesidad de considerar el sufrimiento psíquico y el malestar emocional como una cuestión de orden social. Desde la antipsiquiatría, también en los años 70, el psiquiatra Franco Basaglia inicia el movimiento de desinstitucionalización y plantea algo que, para mí, es clave: "debajo de toda enfermedad psíquica hay un conflicto social." Asimismo, si recuperamos otro referente como Foucault, él señala que la categoría de locura es una construcción creada para establecer una norma y una desviación. Como decía un artículo sobre su pensamiento: "el diagnóstico psiquiátrico no es algo objetivo ni neutro, sino que está vinculado a lo que denominó la biopolítica" (1979). En este sentido, también es importante revisitar la genealogía de las prácticas terapéuticas y las reflexiones académicas que han enfatizado la necesidad de considerar el sufrimiento psíquico y el malestar emocional como una cuestión de orden social. Desde la antipsiquiatría, también en los años 70, el psiquiatra Franco Basaglia inicia el movimiento de desinstitucionalización y plantea algo que, para mí, es clave: "debajo de toda enfermedad psíquica hay un conflicto social." Asimismo, si recuperamos otro referente como Foucault, él señala que la categoría de locura es una construcción creada para establecer una norma y una desviación. Como decía un artículo sobre su pensamiento: "el diagnóstico psiquiátrico no es algo objetivo ni neutro, sino que está vinculado a lo que denominó la biopolítica" (1979). (4)

Ha habido diversas voces, y las que hemos citado son solo algunos ejemplos, que a lo largo de la historia han puesto el foco en esta cuestión: la tendencia neoliberal nos ha llevado a entender los problemas psíquicos como algo individual, lo que condiciona nuestra conceptualización de la salud mental y, por tanto, la manera en que la abordamos. Como dice Javier Erro, "la cultura de la salud mental ha incorporado esta idea de que la mente es individual, que tiene un poder absoluto sobre el sufrimiento y que aprender a utilizarla de una determinada manera erradica el malestar. En definitiva, que es independiente de las condiciones sociales." (5)

Finalmente, en esta cuestión contextual, queremos remarcar que actualmente, en el contexto postpandémico, nos encontramos con que la tendencia que ya estaba en marcha se ha agravado. Es decir, la OMS ya advertía desde hace tiempo que para 2030 los problemas de salud mental serían la principal causa de discapacidad en el mundo. Hace unos años, el suicidio era la segunda causa de muerte entre los jóvenes, ahora ha pasado a ser la primera, y el otro día podíamos leer una noticia que decía que el 061 ha multiplicado por 5 las consultas vinculadas al suicidio desde 2019 hasta ahora. (6).  Lejos de querer generar alarma, lo que quiero señalar con esto es que estos datos nos informan de que el sufrimiento es grande y de que es importante reflexionar sobre desde dónde queremos responder. 

El posicionamiento

Si este es el contexto, ¿qué hacemos frente a esto? ¿Qué respuestas tenemos para reforzar la salud mental desde un punto de vista colectivo? ¿Cómo nuestra práctica en lo individual puede tener este componente social y político? ¿Cómo trabajamos? ¿Qué podemos hacer para revertir la tendencia y hacer todo lo que esté a nuestro alcance para no contribuir a empeorar la salud colectiva? ¿Cuál es nuestra posición?

Desde nuestro punto de vista, poder ofrecer acompañamiento individual solo tiene sentido si tenemos en cuenta todas las cuestiones estructurales, las dinámicas de discriminación y los ejes de opresión que generan sufrimiento psíquico. 

Por eso, para nosotras la práctica nunca es neutra y debe tener un componente político que acompañe a la persona y a su entorno a estar mejor, teniendo en cuenta la realidad social e histórica. En este sentido, el paradigma del Trabajo de Procesos y la perspectiva feminista nos ofrecen un marco de acción que tiene en cuenta las cuestiones estructurales.  

Esto se traduce en poner luz a las dinámicas invisibilizadas, vincular lo que sucede no solo a la historia individual de la persona a quien atendemos, sino también a la colectiva. Por un lado, esto implica no sobrerresponsabilizar a la persona a quien atendemos: existen condicionantes sociales que generan nuestro sufrimiento, ya sea porque vivimos en condiciones de pobreza, porque hemos sido expuestas a la violencia, por haber sufrido abusos sexuales en la infancia, entre muchas otras cuestiones. Y por otro lado, implica tener mucho cuidado de no tratarla con condescendencia ni infantilizarla: la persona es mucho más que su sufrimiento.  

Creemos también que es necesario honrar las iniciativas que surgen desde la experiencia propia y aprender de ellas. Sin todos estos saberes encarnados no hay nada, como en todas las luchas contra cualquier forma de opresión. 

La práctica

En este intento de poner orden a lo que hacemos, hemos listado algunos de los elementos que consideramos importantes a tener en cuenta y poner en marcha cuando ofrecemos atención individual en clave terapéutica, y que incluimos a modo de decálogo.   

  • El desenvolupament de la sensibilitat: en Treball de processos posem molt el focus en despertar el que li diem “la segona atenció  ( El desarrollo de la sensibilidad: en el Trabajo de procesos ponemos mucho el foco en despertar lo que llamamos "la segunda atención (7)". Esto significa estar atentas a lo que dice la persona, con lo que se identifica, con lo que reconoce de sí misma, pero también con lo que no, con las historias subyacentes, con lo que no es tan evidente pero que nos aporta información muy importante y que nos permite ver la globalidad del individuo, y por lo tanto, atenderlo con una mirada integral.  

 

  • Dejar la pretendida neutralidad. Cuando comenzamos a atender a una persona, nosotros pasamos a ser parte de su sistema relacional, del campo de información en el que se mueve, y por lo tanto, nos afecta y la afectamos. Podemos ser parte de la solución y también parte del problema (aunque tengamos las mejores intenciones). En todas las relaciones humanas existe el potencial de hacer el bien y el de hacer daño, y en el contexto terapéutico, hay una especial vulnerabilidad en este sentido. Se genera una relación de poder que no podemos obviar y debemos tener en cuenta cuando intervenimos, ya que es un lugar en el que, de manera no intencionada, generamos daño. Si nos concebimos como parte, podemos hacernos cargo más fácilmente de los impactos que generamos, y así pedir disculpas y reparar nuestros errores. 

 

  • Humildad y honestidad. Cualquier paradigma es insuficiente para abarcar todo el rango de la experiencia humana. Debemos recordar que, incluso aquellas personas que trabajamos desde un paradigma alternativo al mainstream, también formamos parte del sistema de salud, y tenemos el poder de contribuir (o disminuir) a las desigualdades y discriminaciones. En este sentido, también es necesario ser claras con lo que podemos hacer y lo que no, pedir apoyo cuando lo necesitemos, retirarnos o derivar cuando veamos que no podemos hacer nada más, colaborar con otros profesionales...

 

  • Poner al servicio nuestras habilidades y metahabilidades. Las metahabilidades son la manera en que usamos nuestras habilidades. Cada persona tiene las suyas propias y es importante emplear aquellas que sean más adecuadas para cada momento y nos permitan seguir el flujo del proceso. Para dar algunos ejemplos, es importante tener la capacidad de atender a lo sutil y crear un ambiente que favorezca la intimidad y la confianza, y al mismo tiempo, debemos tener la suficiente fuerza para confrontar cuando sea necesario. A su vez, es muy importante no dar las cosas por sentadas: por mucho que hayamos visto una situación similar mil veces, debemos cultivar lo que llamamos mente de principiante, o dicho de otra manera, la curiosidad por la persona que tenemos enfrente y dejarnos sorprender (y aprender).(8) .

 

  • Desarrollar la capacidad de establecer vínculo. Gran parte de lo que hacemos tiene que ver con la capacidad de establecer vínculos, de que la persona que tenemos enfrente se sienta vista en su complejidad. Por eso, es necesario que tengamos y entrenemos nuestras habilidades de relación, la capacidad de captar las señales sutiles que favorecen que la persona confíe y tener la capacidad de amar a quien tenemos delante.

 

  • No perder nunca el sentido crítico. El paradigma bajo el cual trabajamos, sea cual sea, nos da herramientas y esto es básico porque nos orienta y nos ayuda a trazar el mapa por donde seguir nuestra intervención. Sin embargo, lo más importante es saber escuchar y no creer que debemos seguir lo que sabemos como si fuera un manual rígido, porque entonces se convierte en un “dogma” y deja de ser útil. Un día, en una sesión con mi supervisor, Will Hall..(​9) Me habló de los estudios que había realizado Scott D. Miller y otros.(10),En los que analizaban la utilidad de diversos enfoques en psicoterapia. Es un estudio de hace más de 10 años, y el Trabajo de procesos no está incluido, pero lo que revela me parece muy revelador. En resumen, lo que encontraron que era común y útil en cualquier orientación terapéutica era: (1) La calidad de la relación, es decir, el vínculo; (2) tener confianza en que puedes ayudar, que eres una buena terapeuta; (3) estar atenta al feedback de las clientes e incorporarlo en las sesiones siguientes.   

 

  • La conexión con el entorno. Es muy importante estar conectadas con el entorno, tener en cuenta el contexto en el que realizamos el acompañamiento y qué relación tiene la persona a quien damos apoyo con él. Cómo forma parte de él, cómo está excluida y cómo le afecta esto en su día a día, y qué tienen que ver las dinámicas de discriminación y desigualdad.  

 

  • acer trabajo personal y supervisión. Este punto es importante en una doble dirección que se retroalimenta: para cuidar a quien consulta y para cuidarnos a nosotras mismas, y por lo tanto, mantener una buena calidad en nuestra intervención. Tener en cuenta que nuestra propia historia personal estará mediando la relación y nuestra acción terapéutica. Ser conscientes de que tendremos sesgos y que debemos ir tomando conciencia de cuáles son y qué partes de la experiencia no seremos tan capaces de apoyar. Tener claras cuáles son nuestras ideas y cómo pueden estar influyendo en cómo enfocamos nuestras intervenciones. También tener en cuenta el trauma vicario (11), y por lo tanto, cuidarnos y trabajar nuestra capacidad de poner límites. 

 

  • Recordar que solo somos una pequeña parte del camino. Cuando una persona viene a la consulta, ya lleva tiempo caminando y cuando se vaya, su camino continuará sin nosotras; no hay un principio y un final, es un continuo. Y en este continuo, el ritmo está marcado por el proceso, da giros, subidas, bajadas, no es lineal y debemos poder cultivar la importancia de estar allí y también dejar ir la autoimportancia. Muchas veces la gente se va cuando ya está mejor y otras cuando toca un límite y ya no quiere seguir. Esto no es negativo per se, hay que respetar totalmente las decisiones de la persona y entender que quien más sabe es ella sobre sí misma. 

 

  • Más allá de la toma de conciencia. En paradigmas como el Trabajo de procesos, que abogan por la toma de conciencia, es importante tener muy en cuenta qué ocurre cuando acompañas a alguien a tomar conciencia de su situación. Saber que nosotras no tenemos el poder para sacarla de allí y, por lo tanto, debemos respetar sus límites, el no querer saber, sin fisura.  

 

  • Finalmente, el misterio. Tener claro que a veces es muy difícil saber; que debemos estar preparadas para navegar en el no saber y aún así seguir adelante, porque, retomando los puntos anteriores, la sanación no es lineal, es circular. 

Aunque sabemos que es difícil poner en palabras lo que hacemos en la cotidianidad, confiamos en que estas pistas os sirvan para seguir haciendo este trabajo sutil que, a la vez, tiene la potencia de lo íntimo, que tiene la fuerza del agua deslizándose por las ranuras y que genera un sostén valiosísimo.  

 

Puedes escuchar y ver la charla de Núria Mateu sobre El arte de acompañar: La potencia del trabajo sutil e íntimo del uno a uno.aquí


Comparteix 
etiquetes
Identificarse dejar un comentario