Círculos de palabra para prevenir y abordar el bullying

La jornada del 15 de noviembre sobre bullying ha generado interés. En El Diari de l’Educació, la periodista Victòria Oliveres publica este artículo donde explica los círculos de palabra, una metodología que empleamos desde Hilo a la aguja para abordar y prevenir las discriminaciones. Habla con el profesorado de la Escuela Montseny, que han incorporado en las aulas estos círculos restaurativos para mejorar la gestión emocional. ¡Os compartimos el artículo! 

“Una vez a la semana hacemos una rotllana donde cada alumno puede expresarse de forma breve y de corazón, con sinceridad y en confianza, sobre algún tema que esté afectando el grupo”. Así explica Mercè Barnés, ninguno de estudios y tutora de 4t de Primaria de la Escuela Montseny, el que son los círculos de palabra o círculos restaurativos que utilizan en este centro del barrio de Gràcia.

Durante el curso pasado recibieron el acompañamiento de la cooperativa Fil a l’agulla, con el apoyo del Ayuntamiento de Barcelona en el ámbito de la Justicia Global, para incorporar en el día a día de sus clases de primaria esta herramienta de facilitación de grupos, que sirve tanto para atender y prevenir situaciones de discriminación y ‘bullying’ cómo para impulsar la gestión de emociones.

En estos círculos, un objeto va rodando y los niños y niñas que quieren –cuando tienen el objeto en la mano– pueden explicar qué sienten o qué han vivido. La educadora presente en el círculo primero los escucha, pero no los cuestiona ni interviene más allá de hacer preguntas puntuales para conseguir que las aportaciones sean más aclaratorias.

Con esta metodología se pueden tratar temas diversos, que eligen las educadoras en función del que esté pasando dentro del grupo en aquel momento. A veces son problemas detectados por el profesorado o que se deciden trabajar a partir de quejas de los alumnos. Para cerrar el círculo es importante hacer propuestas y acordar soluciones sobre el que se ha expuesto.

“Las tensiones, cuando se manifiestan, se descargan. Los alumnos relativizan las cosas que los preocupan y los hacen daño, puesto que las han podido aceptar y todo el mundo se los ha reconocido”, dice Barnés.

De todos modos, explica que hacer un círculo restaurativo “no es una receta mágica” y que se tiene que hacer con continuidad porque los niños y niñas aprendan a no interrumpir y cojan la práctica de comunicar aquello que tienen dentro. “Poco a poco se van dando cuenta que aquella sesión invita a abrirse, que es un momento que tienen para ser escuchados y salen muchas cosas”, dice la maestra.

Trabajo con el profesorado, las familias y el alumnado

La colaboración entre la Escuela Montseny y la cooperativa Fil a l’agulla empezó hace cuatro años. Desde el centro educativo querían actualizar su formación en coeducación y trabajarla de manera transversal. El curso pasado decidieron hacer un proyecto anual para abordar la discriminación, la diversidad y el ‘bullying’.

“El objetivo era acompañar la escuela a lograr una mirada restaurativa, y esto lo hicimos incorporando los círculos de palabra en el proyecto del centro”, explica la miembro de Fil a l’agulla Sara Carro. El proyecto combinaba la facilitación, el acompañamiento emocional y de conflictos, el asesoramiento y la formación, e implicaba a toda la comunidad educativa.

Las sesiones de formación al profesorado eran muy dinámicas y se ponían en funcionamiento las herramientas que desde la cooperativa ofrecían para trabajar con el alumnado. “Podíamos aplicar directamente en el aula con los niños y niñas aquello que hacíamos a la formación”, dice Mercè Barnés. Estas sesiones iban acompañadas de momentos de asesoramiento al profesorado, donde se resolvían dudas de aquello que habían probado en la clase.

El trabajo con las familias incluía sesiones informativas sobre el que se hacía en la escuela pero también espacios de diálogo donde padres, madres y maestras podían hablar sobre los retos de la escuela fuera de los espacios más formales que normalmente ofrecen los centros educativos. Según Sara Carro, estos espacios son muy importantes para crear comunidad, puesto que “en las escuelas no hay muchos espacios donde la comunidad se pueda encontrar fuera de sus roles”.

Después pusieron en práctica la investigación-acción participativa (IAP): crearon un grupo motor de varias familias que se investiga a si mismo. Para conocer como era la convivencia en el centro crearon unos cuestionarios por el resto de familias e hicieron observaciones del patio.

La idea de esta práctica era poder generar acciones a partir de la investigación, como por ejemplo transformar el espacio del patio o repensar las salidas de los alumnos por la tarde para que haya más momentos y lugares de encuentro. Entre los beneficios de esta metodología, explica Carro, hay la transformación de las personas y la escuela. “Nos hemos dado cuenta que generar conocimiento y reflexiones colectivas enriquece los proyectos, sobre todo cuando lo hacemos simultáneamente a las otras acciones que llevamos a cabo en los centros escolares”.