Artículo escrito por nuestra compañera Anna Galí y publicado originalmente en la revista digital Social.cat.
Que las personas gordas sufrimos mucha violencia por parte de este mundo gordofóbico, es evidente. Las personas gordas sufrimos discriminación en muchos ámbitos: dificultad de acceso al mundo laboral, discriminación sanitaria, acoso en la calle, humillación pública, acoso escolar, rechazo afectivo y sexual, e invisibilización cultural.
Nuestros cuerpos grandes son invisibilizados en el sentido de que, o bien directamente no se muestran, o bien la forma de ser mostrados y presentados al mundo es desde una construcción sesgada y poco real que no muestra que somos igualmente personas con nuestros deseos, anhelos y necesidades. Nuestros cuerpos grandes, tan visibles, se vuelven invisibles en un acto de doble filo: nadie los quiere ver y nosotros no los queremos mostrar para ahorrarnos parte de la gordofobia que sufrimos.
Y parte de esta dinámica se traduce en vivir confinadas dentro de un armario. Como ocurre con otros ejes de opresión, como el de las personas LGTBIQ+, las personas gordas tendemos a vivir relegadas en un armario. Pero este armario tiene una característica especial: es de cristal. Y por lo tanto, no tiene la capacidad fáctica de escondernos realmente: todo el mundo nos ve, pero nadie lo dice. Nuestra gordura se convierte en un tabú.
Este tabú es importante. A muchas personas gordas nos protege, o nos da la sensación de protección. Sacar a alguien de este armario es tan violento como obligarla a quedarse en él y, en este doble juego, nos quedan pocas salidas. Aun así, me gustaría señalar algunas ideas en esta dirección:
Ninguna persona debería estar obligada a revisarse, especialmente desde los ejes donde hemos sufrido trauma, abuso y somos víctimas de una opresión social. Pero sí me parece ético que las personas con privilegios revisen los suyos para hacer justicia en un mundo que hace sufrir tanto a tantos niveles. Las personas delgadas debéis hacer este esfuerzo de dejar de ser gordofóbicas, revisar la manera en que os aproximáis a la gordura, cuestionar los cánones estéticos imperantes, su moral asociada que nos culpabiliza a las personas gordas por serlo y nos castiga con discriminación, así como acabar con el imperativo de la salud como base médica y científica para perpetuar la discriminación. Sin vuestra colaboración, nos dejáis solas a las personas gordas enfrentando esta lucha, que no debería ser solo nuestra. Vuestra indiferencia sería injusta: las personas gordas no podemos amarnos a nosotras mismas fácilmente si vivimos en un mundo que nos rechaza, nos odia y nos margina.
Por otro lado, las personas gordas necesitamos encontrarnos entre nosotras y compartirnos para recordarnos lo que ya sabemos: la gordofobia es una opresión social, es decir, ni nosotras ni nuestros cuerpos tenemos la culpa de lo que nos sucede.
Romper el armario de cristal significa reconocerse a una misma como gorda, ser gorda como una característica más de nuestros cuerpos y no únicamente como un estado transitorio que, cuando logre adelgazar, podrá comenzar a vivir. Las primeras grietas en el armario llegan cuando nos autodenominamos gordas, perdemos el miedo al insulto y nos reapropiamos de la palabra. Ya hemos abierto la puerta y ahora es el momento de vivir. Tenemos que encontrarnos y hacer juntas todo aquello que hemos tenido miedo de hacer antes: ir a la playa, hacer excursiones, ocupar el espacio público, hacernos fotos, ponernos ropa sexy, ligar, contarnos al mundo y convertirnos en referentes gordos, que hacen falta, para inspirarnos entre nosotras y recordarnos que la única limitación es la gordofobia, y que nosotras podemos ser más fuertes que ella.
Por último, quería señalar la importancia de hacer un viaje no solo hacia afuera, sino también hacia adentro. No solo colectivamente, sino también de manera individual. También en la gordofobia, lo personal es político.
"Aunque no queremos que amarse se convierta en una imposición, y sabemos que hay días en los que es difícil amarse, debemos dejar de mirar críticamente y con odio nuestros cuerpos. Y un antídoto para esto es empezar a mirarlos con curiosidad, como si fuera la primera vez que viéramos uno. Y tal vez no todo de una vez, lo que podría despertar a los críticos que siempre están listos para el asalto, sino poco a poco: comenzando por el dedo gordo del pie, fijarnos en su forma peculiar, su color, su textura, su posición respecto a los otros dedos. Fascinarnos con el encaje único de nuestro pie con nuestra pierna, deslizar la mirada y apreciar las rodillas, celebrar la curva, la simetría o asimetría de nuestras piernas, admirar el carácter singular de nuestra panza sobresaliendo, cómo se pliega y se adapta de manera extraordinaria, tocarla y acariciarla con curiosidad y ternura, y dejarnos maravillar por la estructura de nuestros brazos, nuestros pechos, y hasta cada centímetro de piel de nuestro cuerpo.
No es fácil, pero quiero animarnos a hacerlo, porque como dice la canción que cantamos con el Komando Gordix, 'no hay nada que perder'.