La experiencia única de la Navidad | Un relato en primera persona de Sol Abejón - Fil a l'agulla

La experiencia única de la Navidad | Un relato en primera persona de Sol Abejón

Hoy me han llamado por teléfono para avisarme de que soy contacto estrecho de una persona con Covid y debo estar confinada hasta el 31 de diciembre. Me preguntan si vivo con mi familia y le contesto que vivo sola. Cuando acabamos la conversación me dice que pase unas felices fiestas como pueda. Rico. Sí, le contesto entre risas. Lo intentaré.

Hace unos días di dos talleres sobre gestión emocional en Olesa de Montserrat y otra en El Prat del Llobregat. En estos dos talleres pudimos ver que la Navidad no es lo que la tele nos vende sino un abanico de vivencias. Cada cuerpo encarna una experiencia única que difiere de las demás.

¡Quién me diría a mí que debería poner en práctica de forma drástica estas herramientas este año!

Este año no hay escapatoria. Tendré que vivir los tres días de Navidad 24, 25 y 26 encerrada en casa. Cero contacto corporal con ninguna persona. Y pienso: – ¡Mierda! Tengo miedo de que vengan los fantasmas.

Tengo miedo de que vengan mis traumas de infancia relacionados con estas fechas. Tengo miedo de sentir a mis vecinos y vecinas celebrando y yo estar en casa entristeciéndome. Temo volver a sentir la tristeza de un cuerpo pequeño migrante que le han cortado las alegrías de estos días porque tiene la familia extensa, primas, tías, primos, amigos, amigas lejos, muy lejos… Y siente la profunda soledad de la nostalgia de un pasado que no se corresponde ni corresponderá con su presente. Tengo miedo a recordar y hundirme en los recuerdos de las discusiones y el alto nivel de mierda…

Durante gran parte de mi infancia y adolescencia los días de Navidad eran esto: tristeza, violencia y soledad. Las alegrías consistían en las postales de Navidad que llegaban del otro lado del océano para desearnos una feliz Navidad y las postales que nosotros hacíamos manualmente y envíamos… Las llamadas de teléfono sorprendidas… A medida que me hacía mayor, estos reductos de alegrías fueron desapareciendo y la Navidad se convirtió en una anti-Navidad, una conexión profunda de rechazo por el consumismo y por una falsa unidad familiar. No festejarlo era la única respuesta que quedaba. En ese momento, tampoco era una opción. Era lo que había, por no sentir el dolor del vacío y el dolor de la tristeza que se vivía en mi familia.

Ahora que han pasado tantos años, y que con mucho trabajo he podido encontrar mi sentido en estas fechas: los días festivos descansar y hacer cosas pendientes que me apetecen, juntarme si quiero con aquellas con las que resueno y las que están “huérfanos” de familia, buscar rincones de naturaleza y mimetizarme… Básicamente, conectar conmigo y mis deseos cada año, dando espacio a mi cuerpo para ver que le apetece hacer y que no le apetece hacer porque el mandato social lo dicta. Para ello he tenido que: trabajar la culpa, llevarla, darle espacio, dibujarla y empezar un diálogo con ella. Ver también, que no la quiero, porque hay muchas formas de cuidar a los demás y no se puede cuidar a los demás si primero no me cuido a mí. Y sentir que puedo elegir, dentro de las limitaciones.

En los talleres que he dado, mujeres que viven solas y que están solas, me contaban sus herramientas para “sobrevivir” a estas fechas. Muchas de estas herramientas con Covid ya no las podían utilizar y había un sabor agridulce con el virus. Covid ha traído cambios y las herramientas que teníamos o tenemos, muchas veces se han visto afectadas y nos hemos visto obligadas a ser creativas y renovarlas.

Esta Navidad, si tus herramientas no te sirven, da espacio a la creatividad para poder buscar otras. Busca aliadas en quien apoyarte y date espacio a ver y sentir lo que quieres y no quieres en estos días. Esto es lo que yo haré también, para poder acompañarme en estos días de confinamiento.

 


por Sol Abejón (Facilitadora y formadora de Fil a l’agulla)