Sembrar de nuevo la relación con la Tierra

El jueves 11 de abril hicimos un Foro Abierto para conversar y mirar hacia el planeta que nos acoge. ¿Qué relación tenemos con la Tierra? ¿Cómo vivimos en el mundo que es nuestra casa? ¿Quizás hay que sembrar de nuevo esta relación para poder cosechar frutos? Fue un encuentro íntimo donde fluyeron emociones diversas. Estamos muy agradecidas al Aula Ambiental Bosc Turull, que nos acogió en su casa, rodeadas de huertos, grandes árboles y pudiendo ver el cielo. ¡Gracias también a todo el mundo que participó!

Mireia Parera, con el apoyo de Núria Mateu, fue la facilitadora de nuestro Foro Abierto sobre qué relación tenemos con el planeta donde vivimos. Para ella, la motivación que lo empujaba a hacer este encuentro nació con una lectura. “El pasado verano un amigo me regaló un libro sobre pueblos originarios de Norteamérica, donde hablan sobre la tarea de personas líderes a sus comunidades que protegen sus territorios, vinculando vida y tierra. No pueden discernir una cosa de la otra. Y me echaba a llorar leyéndolo, así que me preguntaba por qué me emociono? Ellos viven una relación con la tierra que no es una relación, es que son la tierra. Me daba cuenta que yo hay momentos en que puedo vivir y sentir esto, pero la mayor parte del tiempo vivo desconectada. Quería crear un espacio donde poder hablar de estas cosas, no solo de los impactos y conflictos medioambientales“, compartió en la introducción del espacio.

El foro abierto fue la primera aproximación de Fil a l’agulla, como cooperativa, hacia el tema del cambio climático y de la situación medioambiental a escala global y local. Queríamos poner el foco en cómo nos afecta, qué nos remueve de la (no) relación con la Tierra, para reflexionar conjuntamente y tomar conciencia. Como aportó Núria, “forma parte de nuestra manera de contribuir. Muchas veces este tipo de encuentros se hacen más desde las ideas, desde el marco teórico y unidireccional, pero nuestra manera de hacer es llevar al centro también las emociones. Construimos espacios donde abordar temas también implica hacerlo desde varios ámbitos: emocionales, racionales, vivenciales, etcétera”.

Núria, socia de la cooperativa, hace media vida que se mudó a Barcelona pero la otra mitad la vivió en un pueblo rural de 700 personas, con una familia que siempre ha vivido de la tierra. “Y qué es la relación que yo he tenido con esto? Pues mucho en contacto con la tierra, los animales, pero desde una perspectiva mucho desde la dominación. Producir, tener campos, emplear químicos… es una relación muy mediatizada por cómo hemos ido dominando la tierra. Ahora que estoy pasando un momento difícil a escala personal, el que más me está ayudando es irme al bosque, a la natura. Esta es mi relación actual: me tengo que parar a pensar, no tengo corporalizada una relación con la naturaleza“, compartía.

Antes de pasar a la conversación grupal, proyectamos cuatro videos con testigos de grandes mujeres que luchan para defender la Tierra y reivindicar el vínculo con ella. Primero, la joven Greta Thunberg y sus minutos de discurso a la COP24 de Katowice, encuentro por el clima en Polonia.

La siguiente es Vandana Shiva, filósofa y escritora de India. Esta activista ecofeminista recibió el premio al Sostenimiento Bien Ganado, también conocido como Premio Nobel Alternativo, en 1993.

Asesinada el marzo del 2016, la hondureña e indígena lenca Berta Cáceres se ha convertido en un símbolo de la defensa de los ríos, en contra de consorcios mineros e hidroeléctricos. En concreto, la ecofeminista defendía el río Gualcarque contra el proyecto de la represa Agua Zurca desde el colectivo COPIHN, Consejo de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras. El 20 de abril del 2015 Berta Cáceres recibió el premio Ambiental Goldman.

La última activista invitada virtualmente fue Wangari Maathai, Premio Nobel de la Pau en 2004. Esta mujer keniana dedicó muchos años a defender el medio ambiente, la democracia, los derechos humanos, y en particular, los derechos de las mujeres. Fundó el Movimiento Cinturón Verde, con el cual consiguió plantar más de 40 millones de árboles. Murió el 2011, a causa de un cáncer, cuando tenía 71 años.

Y después de estas palabras inspiradoras, pudimos iniciar la conversación grupal. Había sentimientos y emociones de todo tipo. Por ejemplo, una participante explicaba que como en su ámbito laboral trabaja en contacto con el medio ambiente, se siente conectada. “Me gusta mucho ir al bosque, en la montaña, me da tranquilidad este contacto exterior. Estoy en un grupo de consumo que comemos productos ecológicos y locales, compro ropa de segunda mano o de comercio justo, intento elegir banca responsable y de finanzas éticas para evitar financiar conflictos bélicos que tienen que ver con el extractivismo de recursos naturales…”, listaba. Salían más ideas, como por ejemplo usar papel reciclado, utilizar productos de droguería y limpieza que no contaminen, etc. La lista puede ser muy larga.

Otros, compartían que no se sentían muy conectadas con la tierra pero sí que los encantaba encontrar espacios alejados de las urbes, que describían cómo “muy puros”. “Me gusta el modelo de charla que habéis presentado, que no es de tecnicismos sobre el cambio climático. Esta culpa y flagelación me hace desconectar de la relación con la tierra, porque pienso en que tendría que hacer más cosas. Esta relación con la tierra, no la siento. Me gustaría mucho sentirla, entenderla, si alguien la ha vivido“.

Quizás no se trata (solo) de hacer listas donde marcar las buenas conductas, los puntos fuertes de cómo cuidamos la tierra, sino ir más a la raíz para descubrir si sentimos un vínculo o no. Quizás hay que ir de cero a sembrar este vínculo, esta relación con la Tierra, antes de plantearse todo el que podemos (intentar) hacer para cuidarla. Para cuidar casa nuestra. En definitiva, para cuidarnos. “Compartir esta experiencia diferente es importante”, explicaban las compañeras facilitadoras, porque “el sentimiento de pensar no hago nada cuando hay otros que hacen mucho, también es mostrar la diversidad de sentimientos y vivencias”. Otros compartían que quizás sí que hacían cosas que podrían encabirse en la lista de las buenas acciones, pero “no por la Tierra sino por mí. Como por ejemplo comer ecológico. Reciclo porqué se tiene que reciclar, no porque vea una necesidad. Lo que me mueve no es sentir que tenemos que cuidar la tierra, sino que es el que toca. Y me es igual porque no tengo bastante esto”, añadía, posándose las manos encima del coro: no tengo bastante el sentimiento, la conexión, el vínculo.

Una participante sí que decía sentir esta conexión, desde muy pequeña, y compartía que “es algo que realmente me emociona mucho. Son mis raíces, las historias de mi tierra son difíciles pero siempre he encontrado mucho de refugio. A veces iba a andar a la montaña y me seguían algunos animales, me quedaba sola en medio de la natura. Desde nuestra experiencia individual, pequeña, podemos hacer cosas; la duda es saber si tiene impacto, cuando lo haces sola, pero cuando voces que hay más gente que lo hace, sientes que tiene sentido. Que más puedo hacer con mi gente? Con la familia, las amistades, las compañeras…”, reflexionaba.

A la conversación compartieron también personas venidas desde el Sur global, provenientes de diferentes países de Abya Yala. Llevaban al círculo “las contradicciones de las ciudades grandes de Latinoamérica, que se tiene la visión del cemento como símbolo de progreso”. Nos compartieron recuerdos también de infancia, de jugar en espacios verdes abiertos, explorando bosques y lagunas. Pero también la desconexión vivida allá en muchos ámbitos, “donde los niños ya no juegan en las calles, sino que están en casa con videoconsolas. Para mí, poder ver a mi abuelo, tener contactos con las culturas indígenas de mi país, ver árboles frutales por todas partes, ver como crecen las patatas, las flores… y así ir aprendiendo. Esto fue el que más me conectó con la tierra“, compartía un participante.

Otra persona llevaba “la cosmovisión andina, desde Ecuador, donde la tierra es la Pacha, es la madre. Vemos aquello que nos da. No solo estamos habitando allá, nos desarrollamos, es nuestro hábitat, nos da alimentos, nos da un montón de cosas. Soy de una ciudad pequeña, donde tenemos las áreas rurales a tocar y unas poblaciones indígenas muy importantes. Siempre me crié en esto de cultivar, rodeada de volcanes y de montañas. No necesitar nada para vivir, los animales y la tierra te lo dan todo. Cuando llegué a la ciudad de Barcelona para hacer un máster, sentí esta modernidad te fuerza a decir «necesito un montón de cosas para vivir y un montón de cosas para consumir». Quiero volver a las raíces, a conectarnos de este modo que sé que sigo sintiendo, pero tener más presencia. Más conciencia de como soy de afortunado por haber nacido donde nací y sentir la esencia que siento que, estando aquí, ha aflorado más. Los invito a ser más conscientes sobre que consumimos, qué nos metemos a la boca. Aquí no se puede ver mucho, como lo hace, como crece… La tierra te da sin pedir nada a cambio; todo el que tienes que dar es este cuidado, las cosas chiquitas“.

Esto llevó la conversación a hablar sobre el paso del tiempo, sobre qué se considera “modernidad”, qué se valora y qué no, qué son —o dónde son— las raíces, cómo esto nos afecta… Porque en muchas ocasiones, como explicaba una joven, en la cultura (denominada) occidental nos preguntamos “¿donde están mis raíces, donde está mi cultura? ¿En qué momento se perdió todo esto? Siento culpa. ¿Cómo puedo volverme a conectar?”. Aquí pudo salir otra pregunta: ¿nos sentimos culpables por haber desconectado de unas cosas y haber dado valor a otras? “Quizás la culpa que siento viene del punto de inconsciencia, de no tener presente que soy hija de una cultura que explota. Siento culpa porque mi cultura vaya a extraer oro a la otra punta del mundo y produzca desastres allá, como derrumbamientos de montaña”.

Hablar de la culpa nos ayudó a compartir que a veces esta no ayuda. En cambio, sí que lo hace tomar responsabilidad y ser más conscientes. “De forma directa o indirecta, como parte de esta sociedad, contribuyo también a un tipo de extracciones insostenibles, a los desastres ambientales y humanos que suceden en el mundo. Qué puedo hacer para responsabilizarme?”. Por ejemplo, una participante decía que habría que “escuchar más las voces de las personas que están migrando precisamente porque desde Occidente estamos explotando su tierra”, que se ven afectadas por desplazamientos forzados por desarrollo.

Otros participantes llevan la esperanza a la conversación. “Creo que todo el mundo podemos encontrar esta conexión, de una forma u otra. Hay muchas maneras de explorar esto. Hemos hablado de culturas que están lejos, pero en nuestra también podemos encontrarla. Está claro que podemos visitar lugares donde hay natura súper potente, pero aunque no lo parezca también a Barcelona hay espacios muy potentes. Es fácil caer en la desesperanza, en la apatía… el mensaje culpabilizador es desmotivador. No ayuda. Esta carga individual no ayuda“, explicaban.

Además, valoraban que no estamos solas, que con una red de apoyo y de empatía se puede ir mucho más allá. “Lo que estamos haciendo ahora es crear esta red y no sentirnos tan solas”, decían. “Hago lo que puedo y es lo que puedo. Quizás hoy puedo hacer mucho y mañana no puedo tanto. Más acompañada o menos. No es lo que “tengo que hacer” sino lo que “puedo hacer”, con un margen de tolerancia. Lo mejor que puedo hacer.” Muchas gracias a todo el mundo para uniros a este círculo íntimo en el foro abierto. ¡Gracias por compartir vuestras relaciones con la Tierra, sean pasadas, vigentes o futuras!